
Hace unos 90 años la economía chilena se hundió abruptamente cuando se popularizó en Estados Unidos y Europa (tras la Primera Guerra Mundial) el método para la síntesis de amoníaco (método Haber-Bosch), que dejó obsoleta a la industria del salitre. Hoy en día, estamos ante una amenaza potencialmente similar, y si bien no dependemos totalmente del cobre, si este baja sus precios sería un golpe bajo a la economía nacional.
El problema: Fibras largas de nanotubos de carbono, un reto técnico que cada año está más cerca de ser superado. Chile, más que ninguna otra nación, debiera sumarse a la carrera nanotecnológica, pues de este modo cabría la posibilidad de que la iniciativa del reemplazo del cobre (que seguramente ocurrirá antes de que se cumpla la primera mitad del siglo) fuera nacional y no extranjera, salvaguardando así un gran porcentaje de la economía.
Para ello propongo la creación de un centro de investigación de avanzada en distintos campos de la nanoingeniería, que puede depender administrativamente de Codelco y ser financiado con los excedentes del cobre, y que atraiga la atención de nanoingenieros y nanotecnólogos de todo el mundo. Chile está en condiciones para superar la economía de recursos y sentarse sobre una economía de conocimientos y tecnología, y la nanotecnología es una de las apuestas obvias dado nuestra actual posición cúprica.






